Penélope Longart Borjas
Hay generaciones que quedan marcadas por grandes acontecimientos históricos. La caída del Muro de Berlín no solo simbolizó el fin de la Guerra Fría, sino también el colapso de un modelo político y la expansión de la democracia liberal en Europa. Décadas después, un punto de inflexión de esa magnitud, capaz de redefinir el rumbo político de regiones enteras, podría estar más cerca de lo que parece. No en Europa, sino en América Latina.
Desde hace décadas, Cuba y Venezuela representan dos de los ejemplos más persistentes de sistemas dictatoriales en la región, con profundas consecuencias para sus sociedades. En el caso cubano, el sistema instaurado tras la revolución de 1959 ha permanecido en el poder durante más de seis décadas. A lo largo de este tiempo, generaciones enteras han vivido bajo la restricción de libertades, con una economía incapaz de ofrecer condiciones de vida sostenibles y una sociedad profundamente empobrecida. La escasez estructural, el deterioro de los servicios básicos y la imagen de un país detenido en el tiempo reflejan no solo una crisis económica, sino el desgaste profundo de un modelo incapaz de responder a las necesidades de su población.
En Venezuela, desde 1999, el sistema chavista fue desmontando el sistema institucional, rompiendo la pluralidad democrática y erosionando el Estado de derecho. Con el paso de los años, esto derivó en un colapso económico y social sin precedentes en la región. El país atraviesa una Emergencia Humanitaria Compleja, caracterizada por el deterioro de los servicios esenciales, la existencia de miles de presos políticos y una sociedad marcada por la supervivencia cotidiana.
Ambas realidades responden a estructuras de poder caracterizadas por la restricción de libertades, la concentración del poder y una completa injerencia del Estado en la vida de las personas. Las cifras hablan por sí solas. Venezuela ha protagonizado uno de los mayores desplazamientos humanos del mundo en tiempos recientes. A marzo de 2026, el éxodo venezolano se consolidó como una de las crisis de desplazamiento más grandes del mundo, superando los 8 millones de personas que viven fuera de su país. Según datos de la Plataforma R4V. En el caso de Cuba, el éxodo ha sido una realidad constante durante décadas, configurando una diáspora sostenida que en los últimos años se ha intensificado. Eldemógrafo y economista cubano Juan Carlos Albizu-Campos explica que la realidad en la isla es que residen solamente 8,62 millones de personas, apuntando a una disminución de la población del 18 % entre 2022 y 2023. Así, más de un millón de personas habrían abandonado Cuba desde 2021.
Pero reducir estos procesos a una cuestión meramente migratoria sería un error. Cuando millones de personas abandonan su país, no estamos únicamente ante una crisis económica: estamos ante una expresión clara de falta de libertades, de ausencia de oportunidades y de ruptura del contrato social entre ciudadanos y Estado. Este éxodo masivo ha tenido, además, efectos directos en toda la región. Los países receptores han debido adaptarse rápidamente a nuevas demandas en materia de empleo, servicios públicos e integración social. Y, sin embargo, en medio de este contexto, también es necesario reconocer la resiliencia que hemos tenido los venezolanos y cubanos. A pesar de décadas de control y represión, distintas generaciones hemos encontrado formas de resistir, de alzar la voz y de desafiar al poder, manteniendo viva la aspiración democrática.
Más allá de sus impactos regionales, la situación de Cuba y Venezuela plantea una cuestión de fondo para la comunidad internacional: ¿qué papel juegan hoy las democracias frente a la persistencia de regímenes autoritarios? Ambos países, además, han formado parte de entramados de alianzas internacionales que han contribuido a sostener sus modelos políticos y a proyectar dinámicas contrarias a los principios democráticos, añadiendo una dimensión global al problema.
Durante años, la respuesta internacional ha oscilado entre la condena retórica, la presión limitada y, en algunos casos, la normalización de facto. Esta ambigüedad no solo debilita la credibilidad del derecho internacional, sino que también refleja una preocupante falta de coherencia en la defensa de los principios democráticos. En este contexto, la eventual recuperación de la democracia en Cuba y Venezuela no sería únicamente un cambio político interno. Representaría un punto de inflexión con implicaciones profundas para América Latina y para el orden internacional en su conjunto. Sería la demostración de que incluso los sistemas más prolongados no son inmutables y de que las demandas de libertad, aunque sean contenidas, no desaparecen. Pero también obligaría a una reflexión incómoda. Porque la historia no solo juzga a quienes concentran el poder y restringen derechos, sino también a quienes, teniendo la capacidad de actuar, optaron por respuestas insuficientes.
Como advirtió el presidente del Comité Noruego del Nobel, Jørgen Watne Frydnes, en referencia al caso venezolano: ‘’vivimos en un contexto donde la desinformación puede invertir el relato hasta presentar a las víctimas como agresores y a la represión como estabilidad. Pero una paz basada en el miedo, el silencio y la violencia no es paz; es sumisión’’. Hoy, ese discurso cobra especial relevancia frente a quienes, desde la distancia, reducen estas realidades a consignas simplistas, ignorando el impacto humano de sistemas que han obligado a millones de personas a abandonar sus países.
Como venezolana, la libertad no es una idea abstracta, sino una experiencia profundamente personal. Al huir de mi país, sentí que el régimen me había ganado, me quedé sin voz, sin identidad, y sin saberlo, estaba completamente desnuda ante la vulnerabilidad que significa empezar de cero. Ese 3 de enero de alguna manera me salvó y nos salvó a todos, entender que la posibilidad de volver existía, que la libertad ya no solo estaba en la memoria de esos jóvenes que marchamos más de 100 días en 2017. Por eso no puedo más que empatizar con la lucha del pueblo de Cuba, porque la liberación de ambos no es solo una aspiración política: es la puerta a un nuevo comienzo para toda una generación.
Así como comenté al inicio, la caída del Muro de Berlín definió el final de una época. La recuperación de la libertad en Cuba y Venezuela podría definir nuestra época y hacia donde avanzarán las sociedades democráticas.

